Definiendo la incomprensión

Elena and Cassandra GIULIO ARISTIDE SARTORIO
Elena and Cassandra, Giulio Aristide Sartorio, 1928 Galleria d’arte BERRARDI Roma

Pensando en voz alta sobre aquello que nos separa de los otros cuando conversamos.

No sé cuándo comenzó mi pasión por el lenguaje. Si lo pienso, veo que poco a poco en mi escolaridad se fue perfilando una sola certeza: me gustaba comprender aquello que no se decía. Me encantaba la literatura y sus misterios. Un terreno donde debía descodificar símbolos, mensajes cifrados que el tiempo había borrado de mi universo.  

Después de esta primera etapa de fascinación por la literatura, mi universo se amplió cuando entendí que la comunicación estaba en todos sitios y descodificar a los otros, era parte del juego de comprender el mundo. Comprender a los amigos, comprender a mis padres, comprender a mi familia, comprender pasaba por las palabras, por el lenguaje, por el uso que se hacía del mismo. 

El gran lugar donde sucedía todo eran las discusiones. ¿Por qué en ellas? Pues porque ahí era y es donde salen las armas más sutiles y las más mezquinas. 

Es una partida de ajedrez, una batalla donde se buscan argumentos para tener razón mientras una emoción desarmada —a veces no identificada— brama en forma de frase: reproches, gritos, pena, pasado, heridas… no sé. Ahí entra de todo. 

Cuando la discusión se instauraba en da igual qué contexto una de las primeras estrategias es la de luchar por desenmascarar al culpable. 

Se lucha, se lucha, se intenta, se explica, se vuelve, se ataca de nuevo, se encuentra otro argumento y se le da espacio a esa voz que va dictando secamente los argumentos. Se quiere encontrar en el otro la culpa de lo que te sucede. ¿Quién si no ha hecho que yo me sienta así?

Después de un rato argumentando e intentando demostrar que no eres tú, que es el otro, si uno de los dos no se rinde, es ahí, en ese momento cuando llega la incomprensión. Uno de los dos asume que da igual todo lo que se explique, esto ya no tiene más remedio que cerrar las puertas. 

¿Cuándo se le da fin a una conversación de este tipo?

¿Te sucede a veces que sientes haber pasado ya por esa discusión una y otra vez y no necesariamente con la misma persona? 

En un primer momento, pensé que el problema de la incomprensión era que el mensaje no había sido expresado correctamente.  Que había que tener un buen dominio de las palabras para evitar que los otros no te entendieran. Recuerdo escenas donde explicaba a mis amigas del colegio cómo era yo, en un intento desesperado de aclarar que ellas habían malinterpretado una frase o una mirada. Esta ilusión del saber expresar lo que quería para evitar conflictos o malentendidos, duró bastantes años. En realidad, encontrar las palabras precisas sigue siendo necesario. Deslindar esta idea de la incomprensión ha sido el gran logro de la edad adulta. 

He tenido últimamente discusiones donde normalmente habría optado por callarme o dejar pasar. Pero hay algo que me hace no soltar la cuerda y no evitar el qué querías decir con eso.  Estas discusiones han tenido un recorrido corto: se han reducido a exponer mi malestar, no ha habido entendimiento mutuo y cada uno hemos seguimos con ese agujerito en la ropa. 

Cargamos el peso de la incomprensión cuando esa conversación no nos alivia. 

¿Qué es no comprender a alguien? ¿Es desear que nos comprendan a nosotros por encima de todo?  ¿Por qué es tan necesario tener razón para liberarte de la angustia que tienes? Son muchas las veces que he llorado cuando me han dicho tienes razón, porque teniéndola, te encierra más en el dolor que supone haber visto con claridad aquello que prefería permaneciera invisible.

La incomprensión es estar solo, muy solo en nuestros argumentos. Es entender que la incomprensión es la distancia, es la herida, es el silencio absoluto. 

Hoy entendí que existe un agujero de incomprensión que nos separa del resto. Siempre habrá una frase en la que no se podrá encontrar la explicación deseada. Hay un gesto que dolerá enormemente a mi lógica lingüística aplastante. Es muy difícil tener emociones y racionalizarlas. Entender que una simple frase, crea un hasta nunca que nos hiere. Un lugar donde no existe la calidez de antes y donde esa incomprensión crea un vacío en lo que antes existían risas y admiración. 

Intentar comprender el mundo, la vida, las emociones pasa por el lenguaje ajeno y el propio. 

Los silencios han sido y siguen siendo mi tema de estudio. Acumulo páginas y páginas escritas de mis lecturas, de mi búsqueda: novelas, ensayos, escenas de cine donde el silencio es el protagonista. Lo estudio desde diferentes disciplinas y siempre forma parte de ese misterio que tengo pendiente.

Comprender es aportar consuelo. Cuando te comprenden te dan el apoyo que necesitas. Cuando la incomprensión llega, no hay consuelo. 

Después de esa incomprensión absoluta, de esa sensación de desarraigo, de no pertenencia, necesitamos de una manera o de otra lo que los franceses llaman la tendresse. Mi adorada Anne Duffourmantelle escribió una obra sobre el poder de la dulzura; en ella reivindicada en esta sociedad desprovista de la misma, fortalecer la dulzura y hacer de ella una nueva proclama. Artistas como Zahara y como Valeria Palmeiro recientemente sondean este discurso no sé si conociendo o desconociendo que esta mujer, mucho antes que ellas, ya reflexionó sobre la importancia de esta revolución. 

Después de tanta incomprensión, nos queda el cariño, la suavidad que da una conversación amiga. Esa sensación de que los otros se lleven esa bola de fuego y nieve que se instaura entre el dolor de la incomprensión y el silencio. 

¿Cómo de incomprendidos os sentís?

¿Qué conversación se repite una y otra vez con esa persona o con vosotras mismas sin parar?  

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