Paseando por el objetivo de la escritora. Descubriendo lo cotidiano.
Llego nerviosa a Aix-en-Provence. Es temprano para un turista y tarde para un trabajador. Me siento agitada, son nervios de emoción cuando sé que voy a hacer cosas que me gustan.
La ciudad de Aix es para mí un lugar donde calmar la locura estridente de Marsella. Sería algo así como la Formentera de los ibicencos.
Consigo tranquilizar mis pasos y camino creyendo que lo hago despacio. Aix reluce los días de sol. Sus ciudadanos saben vestirse de colores vivos y de bonjour que te integran en sus calles. Rápidamente me siento engullida por ese buen humor que trae la primavera. Compro algo de té y intento encontrar un lugar donde comprar mi bolígrafo Traveller. No va a poder ser, en la papelería en la que entro no trabajan con esta marca. Me enfado, pienso en el maldito avión que explotó todo el equilibrio de su punta. Saltó, salió la tinta, no aguantó la presión. Cuando escribo araña el papel, no puedo utilizarla. Es uno de esos objetos que seré incapaz de tirar a la basura. Yo también exploté un poco al bajar del avión.

No me sé los nombres de muchas calles de esta ciudad. Sé pasear, la conozco, pero soy incapaz de explicar cómo. Sé que la calle que está cerca del Monoprix me lleva a la calle que sube hasta Paul & Marius. Que por allí en un determinado momento llego a la plaza del reloj. Pero soy incapaz de hacerlo de un tirón. Posiblemente habrá formas más rápidas y directas para llegar a ciertos lugares. Pero Aix y yo hemos hecho ese pacto de no preguntarnos muchas cosas cuando nos encontramos. Sus nombres no tienen importancia en mi mapa de emociones. Yo solo camino y ella me observa.
Caigo de nuevo en la avenida principal desde la que siempre me oriento. Me topo con este título: Annie Ernaux & La Photographie. Es una exposición. Entro, me encanta la idea. Aix me regala su talento.
Textos y fotos. Annie y artistas de diferentes épocas y lugares. Buena mezcla. No puedo evitar una sonrisa cuando pienso que Literaria se está llenando de mujeres nobel en estas últimas publicaciones. Doble sorpresa cuando entiendo que esta exposición busca acompañar el texto de la autora con imágenes.
Journal du dehors ha sido traducido por Cabaret Voltaire como Diario del afuera. En esta obra la autora se muda a Cergy-Pontoise a unos cuarenta kilómetros de París y decide retratar esa nueva ciudad que la rodea. Sin una intención clara, confiesa que se pone un reto:
Esas intenciones borrosas en un primer momento acaban siendo un fiel testimonio de la vida urbana. Me encantan los pasajes en los que incluye conversaciones ajenas. Leo sus textos y encuentro que esa Francia de los ochenta y noventa tampoco se ha alejado tanto de la actual. Annie Ernaux es una escritora cortante. Alguien que no aparta la vista y no dulcifica las situaciones cotidianas y crueles que nos rodean. Esta exposición nos ha regalado esa mirada al cien por cien.

Descubro nombres y me paro en aquello que me interesa. Sus textos los encuentro enriquecedores. Incluso me topo con una errata tapada con un trozo de papel. Me afirmo en la necesidad de correctores en todo aquello que es imprimible o que va a ser leído por otros.

Me detengo en la fotografía de los muslos de una mujer con un moratón. Lo enseña a la cámara. La encuentro violento, su escondite, su inocencia. Es algo que nadie verá si ella no lo muestra. Entiendo los años que nos separan. Pienso en Sylvia Plath. Es preciosa por lo inocente y lo oscuro.
Avanzo y una frase me abofetea:
« La sensation et la réflexion que suscitent les lieux ou les objets sont indépendant de leur valeur culturelle, l’hypermarché offre autant de sens et de vérité humaine que la salle de concert ».
Soy malísima traduciendo, pido disculpas por el atrevimiento a todos los traductores de francés que admiro completamente. La frase dice algo así como que la sensación y la reflexión que suscitan los lugares o los objetos son independientes de su valor cultural, el supermercado ofrece tanta sensación de verdad humana como una sala de conciertos.
La foto que la acompaña es genial. Un hombre que me recuerda a un dandi plantado frente a un carrito de la compra. Espera. Solo espera. Y Annie le da sentido a ambos. Parece que uno de los dos se ha equivocado: el hombre o el supermercado. Una combinación inexplicable. Parece que uno de los dos no está en el lugar al que pertenece.
A mí los supermercados me deprimen profundamente. Me parecen lugares vacíos de amor, necesarios porque están al servicio de nuestro consumo, pero carentes de personalidad.
Entiendo esa idea antiburguesa, esa lucha de Ernaux que reivindica que la vida, la de verdad, no solo se encierra en los lugares donde se reflexionar sobre sus verdades. En varias de sus obras se aborda ese complejo de no pertenecer a la burguesía parisina. Es curioso como escritores tan dispersos en el tiempo y en su éxito como Simone de Beauvoir y Édouard Louis han sido participes de este pensamiento. Me pregunto qué tendrá la élite parisina que tanto desgarrará a los outsiders.
Es fácil darse cuento cuando no perteneces. Darse cuenta de que esos no fueron nuestros padres, esos, no fueron nuestros veranos, que esas, no fueron nuestras aficiones. Pienso en todas esas casas en las que he entrado y he sentido rápidamente que no pertenecía al mismo mundo.
Un objeto entre todos siempre me hace auto excluirme: los pianos. Las casas en las que veo pianos. En esas casas donde hay un espacio para la lectura, para relajarse, para estar leyendo. Esas casas dan espacio a un lugar para la calma, para las aficiones, para sentarse a pensar. En las familias obreras, ese tiempo no existe. Esos pianos, esas estanterías con ediciones antiguas heredadas, esas lámparas bajo un cómodo sillón de lectura no existen. El espacio es reducido y siempre funcional. No hay de más, solo de menos.
En las conversaciones que Ernaux va compartiendo en su obra, acerca la oreja, nombra aquello a lo que asistimos todos cada día. Su arte radica en coserlo a un discurso que ilumina y no se cuestiona. Lo que me rodea es testigo de lo que soy.

La foto del supermercado me ayuda a intentar ver qué sucede en el segundo plano. Qué se vendía, cómo se anunciaba, cómo nos vestíamos. Y lo consigue, como todo lo que se propone. Annie Ernaux nos acerca de una forma tan plástica a la realidad que sentimos ese hondear del papel, ese olor a orines en un baño público, ese personaje desagradable que se corta las uñas en el metro y ese monumento importantísimo de París que es el RER.
Fotografía porque es un instante, es un lugar y es una emoción.
Me parece un ejercicio buenísimo de escritura: lo cotidiano, los vecinos, el autobús. Son invisibles de lo tedioso de su presencia; nos impregnamos de su tedio, de su falta de magia y morimos en ellos. Pero Annie nos demuestra que ahí, en esa cotidianidad hay cosas que merecen ser contadas. Que dejarán de ser, que no solo nos rodearán, que son testigos y adalides de cómo observamos el mundo. Esta semana le daba vueltas a cómo escribir este artículo. Me angustiaba este parto, buscaba cuándo, dónde poder poseerlo. Sedienta me frustraba, veía desplomarse los granos de mi reloj de arena. Y solo encontraba cansancio y pena. Rumiaba mientras conducía y uno de mis podcast favoritos citó de entre los millones de escritores y escritoras posibles a Annie Ernaux.. Como si Paul Auster me susurrara: es una casualidad que da pie a algo mágico. Entendí que Annie me esperaba aunque el mundo no lo necesitara. Me lo dije: lo escribiré. No voy a silenciarlo. Lo escribiré.
Annie es cortante porque te abofetea con una verdad que intuías, pero no habías reflexionado. Aquí vino su última bofetada antes de salir de la exposición:
« Ce sont les autres, anonymes côtoyés dans le métro, les salles d’attente, qui, par l’intérêt, la colère ou la honte dont ils nous traversent, réveillent notre mémoire et nous révèlent à nous même ».
Miramos a los otros y es en esa vergüenza, en esa rabia que nos suscitan, en realidad, donde nos encontramos a nosotros mismos.
Es admirable, como ella no tira nada a la basura de sus pensamientos. Decide dejar escrito ese eterno observar y pensar de los escritores, lo escribe, lo deja impreso. Me lo digo a mí misma y lo digo a todos. Lean, piensen y no rompan todo lo que desean explorar. No desperdicien la oportunidad de escribir lo que ven.
Les dejo como idea, compren su libro, léanlo y hagan de su semana de su mes, de este verano o el tiempo que decidan, un diario del afuera e interno de su vida.
Gracias Annie: Hoy no tiré mis pensamientos.
